La resaca de la Noche en Blanco todavía palpita en las calles del centro, pero hoy, la Sala Vanguardia de la Fundación Cajasol propone un silencio radical.
La algarabía de la inauguración del pasado 30 de septiembre y el bullicio de las visitas nocturnas de hace unos días han cedido el turno a la contemplación tranquila. Me encuentro con la trinchera más íntima de Manolo García, lejos de los focos del Estadio de la Cartuja. Aunque él es un experto en desnudarse en público. Sus letras… para qué decir más.
Sevilla lo ha oído cantar muchas veces. La última el pasado junio.
Ahora vuelve para dejarnos claro que antes fue el pintor, ¿y el poeta?.

En la exposición todo el protagonismo lo tiene la materia. Manolo GarcíaLleva cogiendo los pinceles desde los catorce años. Y lo que vemos expuesto es el testimonio crudo, la verdad y el alma de un pintor.

Barroquismo, bestias y el pulso de los clásicos
El recorrido se despliega a través de más de 40 piezas donde impera un estilo figurativo, expresivo y de profundas raíces poéticas. El propio autor define su universo visual como «bastante barroco y rococó», y basta detenerse ante cualquiera de los lienzos para comprobarlo: las composiciones se saturan de referencias cruzadas, vegetación desbordada y una naturaleza que parece reclamar su espacio frente al asfalto, y la rutina.
En estos mundos oníricos desfilan criaturas antropomórficas, figuras humanas alucinadas y animales en actitudes dolientes o expectantes, transmitiendo un perpetuo asombro ante la vida. Es imposible no rastrear en los trazos las huellas de sus referentes visuales (desde el eco tenebrista de Caravaggio y la contundencia de Velázquez hasta la audacia cromática de Mariano Fortuny, Anglada Camarasa o el surrealismo magnético de Leonora Carrington). Sin embargo, todo queda filtrado por una voz rabiosamente personal que huye de la copia académica.

Marcos de leños, cartones y resistencia material
Lo que atrapa la mirada al recorrer la sala es la fisicidad rotunda de los soportes. A García le repugna la bidimensionalidad estéril de las pantallas y el refugio digital. Para combatirla, construye refugios tangibles: varios de los cuadros están enmarcados con leños rotos y ramas secas que él mismo rescata y acumula en la parte trasera del coche durante sus rutas por carreteras secundarias.
Ese desprecio por el artificio tecnológico se extiende al propio proceso de trabajo. En los rincones de la muestra resuena todavía la anécdota de los dibujos de gira que no llegaron a tiempo, obligándole a recluirse en la habitación de su hotel sevillano las noches previas a la apertura para trazar nuevos esbozos a carbón y lápiz. Cuando la urgencia creativa aprieta, el soporte da igual: cartones olvidados, trazas de pintalabios o pasta de dientes sirven para fijar el arrebato antes de que se desvanezca.

La madera, el hierro y la trinchera escultórica
Su obra escultórica no se desvincula de su pintura.
García articula volúmenes rotundos ensamblando componentes orgánicos e industriales (madera rústica, hierro fundido y restos metálicos) buscando siempre superficies crudas que mantengan el tacto áspero del taller. Para el artista, moldear la escultura y la pintura representa un auténtico refugio frente a la vorágine y el vértigo de las giras musicales, unas piezas que nacen de la soledad, el silencio y la introspección más absoluta. Además, gran parte de estas creaciones tridimensionales actúan como un grito airado contra la actividad humana desmedida, buscando concienciar al visitante sobre el deterioro progresivo del planeta y la dolorosa desconexión del ser humano con el entorno natural.

Color contra la angustia y la trinchera del taller
La atmósfera general de la exposición podría teñirse de un pesimismo espeso si no fuera por el uso vibrante del color. Los amarillos encendidos, los rojos, rosas y los azules intensos actúan como un cortafuegos luminoso contra la zozobra contemporánea. Entre máscaras y antifaces que recuerdan la farsa inevitable de la condición humana (ese afán insaciable del «mono loco» por sobrevivir a toda costa), la pintura se revela como una tabla de salvación.
Toda la `exposición parece un ejercicio de resistencia. Manolo García reivindica el valor del tiempo lento, de los oficios manuales y de la creación entendida como una necesidad vital y visceral. De volcarse en el arte para poder vivir.
Información para tu visita
Sala Vanguardia de la Fundación Cajasol (Plaza de San Francisco, 1 / acceso por la calle Álvarez Quintero).
Del 30 de septiembre al 28 de octubre de 2026.
De lunes a sábado, de 11:00 a 14:00 h y de 18:00 a 21:00 h (domingos y festivos cerrado).
Acceso libre y gratuito hasta completar aforo