Bolero de Blanco y Negro, estrenado de forma absoluta en la Bienal de Flamenco de Sevilla ha resultado ser propuesta difícil de clasificar y, también, de recibir.
Ideada junto al pianista Andrea Rebaudengo, coloca a Ravel en el centro, pero sin quedarse en Ravel. Los dos pianos de Rebaudengo y Gerard Bouwhuis sustituyen a la gran maquinaria orquestal y convierten la repetición, el ritmo y la acumulación en el verdadero motor de la función.
En el Teatro de la Maestranza hubo espectadores entregados y hubo también desconcierto. Algunas personas abandonaron la sala antes de terminar; otras seguían la función con una expresión de sorpresa, como intentando encontrar las claves de aquello que ocurría sobre el escenario. Al final hubo aplausos, vítores y también una sensación evidente de división. No fue una de esas noches en las que todo el teatro se mueve a la vez.
El bolero
Galván no se acerca al compositor francés únicamente a través de la pieza que da título al espectáculo. El programa abre el campo hacia otras composiciones de Ravel, entre ellas La valse, páginas de Le Tombeau de Couperin, Miroirs y Rapsodie espagnole. Aparece así otro Ravel: el compositor fascinado por los ritmos y colores españoles, por la danza y por una determinada idea musical de España.
Y junto a él aparece el bolero entendido desde la canción.
La voz de Juan José Amador introduce el universo de Moncho en la primera parte del espectáculo, desnudando el género romántico. El cante rescató joyas del repertorio de Moncho como «Procuro olvidarte», «Llévatela» o «Somos», mientras la percusión de José Carrasco mantiene una presencia constante. Ilona Astoul y Nathalie Seseña completan un espectáculo que se mueve entre la música de concierto, el flamenco, la canción y la performance.
Galván busca otros territorios donde sentirse él. Y así lo hemos visto con otros creadores en esta Bienal.
El bailaor lleva años entrando y saliendo de las fronteras del flamenco. Lo hizo con Stravinsky en La consagración de la primavera y con Bizet en Carmen, y ahora vuelve a enfrentarse a una obra que parece, en principio, demasiado conocida para poder transformarla.
Pero el Bolero de Galván no pretende competir con ninguno.

El cuerpo como percusión
Durante buena parte de la función, el ritmo parece pasar directamente de los pianos al cuerpo del bailaor. Galván golpea, repite, acelera, se detiene y juega con el espacio como si también él formara parte de la partitura.
Hay momentos de enorme precisión física, especialmente cuando la repetición musical se convierte en repetición corporal. El famoso crescendo de Ravel encuentra así una correspondencia en la escena: el movimiento va creciendo, ocupando cada vez más espacio, hasta que el cuerpo parece convertirse en otra capa de la música.
Pero la propuesta no es solemne. Galván introduce humor, referencias populares y momentos de pantomima que rompen continuamente cualquier expectativa de estar ante una lectura reverencial de lo ya conocido.
Ahí es donde el espectáculo puede dividir al público. Mucho ruido.
Hay espectadores dispuestos a entrar en ese juego y otros que parecen buscar una línea narrativa o emocional más reconocible. Galván no se la ofrece. Su intención parece ser otra: desmontar los códigos, cambiar las reglas durante la propia función y obligar al espectador a mirar de nuevo una música que creía tener aprendida.
Una noche sin respuestas
Galván diseña respuestas sencilla ni quiere buscarlas.
El espectáculo se sitúa en esa zona que ha marcado buena parte de su trayectoria: la que separa el respeto por la tradición de la necesidad de romperla. Una posición que le ha proporcionado reconocimiento internacional, pero que también ha provocado reacciones muy diferentes ante algunos de sus trabajos.
Anoche volvió a ocurrir.
El público del Maestranza no salió con una opinión unánime. Algunos aplaudieron con entusiasmo; otros permanecieron desconcertados. Y quizá esa sea una de las consecuencias de enfrentarse a un creador que tiene claro su camino.
Bolero de Blanco y Negro deja, en cualquier caso, una imagen difícil de olvidar: Israel Galván frente a la música de Ravel, acompañado por dos pianos tratando de encontrar dentro de un ritmo conocido un lugar que todavía no habíamos visto.
El Bolero sigue siendo reconocible.
Pero después de pasar por el cuerpo de Galván, ya no suena exactamente igual.