Dirigido por Enrique Casellas y presentado este pasado domingo dentro de la Bienal de Flamenco de Sevilla, convirtió el teatro. Lope de Vega en un lugar de encuentro entre la tradición y las distintas maneras de entender hoy este género.
La propuesta reunía a Juan de Mairena, Macarena de la Torre, Fran Fernández y Lidia Hernández al cante, con Fernando Iglesias «Mae» y Francis Gómez Cruzado a las guitarras y Agustín Henke en la percusión. Un elenco al que se sumaron Rafael de Utrera, Manolo Marín, Ana María Bueno y Carmen Lozano, además de la presencia simbólica de las cruces de Alosno y Lebrija.

Cuatro voces para una misma sevillana
Uno de los momentos más significativos llegó cuando los cuatro cantaores compartieron una misma sevillana, repartiendo sus coplas. Lidia Hernández abrió con Sevilla es un sentimiento; Macarena de la Torre y su personal forma de cantar, a latido, tomó el relevo con Hace mucho tiempo ; Fran Fernández continuó con Y por Sevilla me muero y Juan de Mairena cerró el recorrido con Qué le digo yo a Sevilla.
Era una manera sencilla y eficaz de presentar la diversidad del espectáculo: cuatro voces, cuatro personalidades y una misma estructura musical capaz de cambiar de color según quién la interprete.

Después llegarían los espacios individuales. Fran Fernández recorrió distintas sevillanas de su repertorio, mientras Macarena de la Torre aportó su propia lectura de títulos como Con el tiempo ten cuidao y Entre Triana y Sevilla. Lidia Hernández hizo lo propio con Sobre los cristales, El desamor, Tus redes y Que Dios existe para llevarse los olés del teatro. Juan de Mairena cerró esta parte con versos de Sin una ola y Pensamientos míos ( y acompañado por el señor que se sentaba justo detrás de mi)

Pero Fue tu querer no quiso quedarse únicamente en el terreno de las voces principales. Rafael de Utrera introdujo otro registro con Triana, Mare, que vengo herío y La Virgen de Consolación, antes de desembocar en una sevillana en la que Carmen Lozano puso el cuerpo a canciones como Amapola, La tabernera, Manué y Cuatro piropos.
Alosno y Lebrija, dos formas de conservar la tradición
Uno de los ejes del espectáculo estaba en la reivindicación de dos lugares fundamentales para entender la historia de las sevillanas: Alosno y Lebrija. Dos territorios con maneras propias de conservar y transmitir el género.
Y, sobre el escenario, la tradición encontró además el contrapunto del baile de maestros como Manolo Marín y la hipnótica, Ana María Bueno, junto a Carmen Lozano.

En las distintas tandas, las sevillanas fueron adquiriendo otros matices. Aparecieron también los aires rocieros, con referencias a En la ermita es pa morir, Atardecer en la Raya o Por los pinares de Marlo. Más adelante, la mirada volvió hacia Sevilla, sus barrios y sus símbolos, desde Triana hasta Santa Cruz y las cofradías.
Recuerdos compartidos y distintas formas de interpretar una música que mantiene una relación muy estrecha con el flamenco. La guitarra, la percusión, las palmas, las panderetas y el baile fueron construyendo una escena coral en la que cada artista tuvo su lugar para expresarse.

El adiós
Y llegó Fue tu querer para cerrar el telón. La sevillana de Los de la Trocha que da nombre al espectáculo y que sirvió para que artistas y asistentes se despidieran cantando juntos.
Las sevillanas, ese género estacional, desusado y gastado, menos preciado y vulgarizado… y tan querido.
Las sevillanas…
Ese baile de seducción, de amigos y familia, tan fácil de seguir, y tan extremadamente complicado en muñecas, codos y cintura…
Tan estético que avergüenza si no hay una tasa de alcohol en sangre por la que perder puntos…
Tan de casa y de academia. Con letras universales que conoce hasta el Dalai Lama.
Y nunca traiciona…
Las sevillanas.