Juan Manuel Cañizares volvió anoche con un estreno absoluto al Teatro de la Maestranza dentro de la Bienal de Flamenco para encontrarse por primera vez con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS), dirigida por Santiago Serrate. Una experiencia que permitió escuchar dos de sus principales composiciones para guitarra y orquesta, Concierto Mediterráneo y Concierto Al-Ándalus, en una propuesta que, más que buscar una mezcla de lenguajes, plantea una pregunta interesante: hasta dónde puede llegar la guitarra flamenca cuando se coloca en el centro de una formación sinfónica.
La cita era, además, la primera interpretación en Sevilla de ambas obras y la primera colaboración de Cañizares con la ROSS. El programa incorporó también como palmeros a los bailarines Ángel Muñoz y Charo Espino, integrados en la formación para aportar el compás flamenco desde dentro de la propia estructura orquestal.
Una guitarra frente a toda una orquesta
El concierto comenzó finalmente con Concierto Mediterráneo, dedicado a Joaquín Rodrigo, una obra que Cañizares estrenó en 2018 y que en esta ocasión llegó con una nueva versión. Hay aquí una de las claves de su relación con la música sinfónica. El guitarrista recuerda que fue precisamente el Concierto de Aranjuez el que le abrió esa puerta cuando en 2011 fue invitado por la Filarmónica de Berlín y Simon Rattle.
Desde entonces, la orquesta se ha convertido para él también en una forma de ampliar su manera de escuchar. Otros timbres, otras posibilidades de diálogo y una dimensión sonora muy distinta de la que ofrece la guitarra sola. Su propósito, según ha explicado, es demostrar que la guitarra flamenca puede convivir con una orquesta sinfónica sin perder su identidad.
Y ese es precisamente uno de los atractivos de esta experiencia. Cañizares no utiliza la orquesta como un simple fondo para engrandecer la guitarra, sino que intenta establecer una conversación entre ambos mundos. En Mediterráneo aparecen la precisión y el refinamiento de la escritura, pero también una raíz claramente española que conecta con la tradición de Rodrigo y con el conocimiento profundo que Cañizares tiene de la música académica española.
De Rodrigo a Paco
La segunda parte llevó al Concierto Al-Ándalus, estrenado en 2016 y dedicado a la memoria de Paco de Lucía. Es probablemente la obra con mayor carga emocional de la noche. Cañizares ha explicado que la compuso desde el recuerdo de su amigo y compañero, incorporando incluso una experiencia vivida durante su entierro: un momento de luz que apareció entre las nubes y que convirtió en música.
La obra está construida en tres movimientos y recorre bulerías, un segundo tiempo de carácter más libre y expresivo y unos tanguillos finales. Aquí las palmas de Ángel Muñoz y Charo Espino adquieren una función musical muy concreta. No son un adorno ni un recurso añadido para acercar la propuesta al flamenco: forman parte de la concepción de la obra y ayudan a sostener el compás dentro de la orquesta.
El resultado tiene momentos de especial intensidad y, sobre todo, permite entender mejor qué busca Cañizares cuando escribe para una formación sinfónica: conservar el pulso de la guitarra flamenca sin renunciar a las posibilidades tímbricas y expresivas de una orquesta.

Una experiencia que merece la pena
La relación entre el flamenco y la música sinfónica tiene ya una historia. Sabicas fue uno de los pioneros en acercar la guitarra flamenca a este formato; después llegaron las experiencias de Manolo Sanlúcar, Paco de Lucía, Vicente Amigo, José Antonio Rodríguez o Tomatito, entre otros. Cañizares pertenece a una generación que ha asumido ese diálogo con la tradición clásica con una naturalidad cada vez mayor.
Lo interesante en su caso es que no parte de una aproximación superficial. Su conocimiento de Rodrigo, Falla, Granados o Turina forma parte de su propia trayectoria como músico y de un trabajo continuado de estudio y transcripción. Esa formación se percibe cuando escribe directamente para orquesta y cuando intenta que la guitarra conserve su personalidad dentro de un conjunto mucho más amplio.
Serrate y la ROSS
La dirección de Santiago Serrate fue otro de los puntos importantes de la noche. Cañizares y el director, ambos de Sabadell, ya habían trabajado juntos con la Orquesta Sinfónica de RTVE. Esa complicidad se trasladó ahora a la ROSS, una formación que el guitarrista ha destacado por su afinación y, especialmente, por su capacidad rítmica, algo esencial cuando la orquesta tiene que entrar en el lenguaje flamenco.
Al final, Ángel Muñoz y Charo Espino abandonaron por unos instantes su función dentro del dispositivo orquestal para protagonizar dos intervenciones de baile que funcionaron como fin de fiesta y prolongaron el carácter flamenco de la propuesta.
La lástima fue la escasa respuesta de público en el Maestranza, con una entrada muy por debajo de lo que cabría esperar para una cita de estas características dentro de la Bienal. La calidad y el interés de la propuesta merecían una sala mucho más llena.
Cañizares regresaba a la Bienal después de dieciocho años (había actuado en 2002 y 2008) y lo hacía con un proyecto que resume buena parte de sus inquietudes actuales: tradición, memoria, guitarra flamenca y música sinfónica. Un lujo.