Arqueología de la voz: Rancapino Chico en la Bienal de flamenco de Sevilla, así fue

El cantaor chiclanero revisita las viejas grabaciones del flamenco y las devuelve al presente con una voz propia en el Patio de la Montería

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Hijo de la tradición, Rancapino Chico conoce bien el camino de las voces del pasado. Descendiente de una estirpe de nombres como la Obispa, Orillo del Puerto o el Mellizo, llegó anoche al Patio de la Montería con Pizarra, un estreno absoluto planteado alrededor de las primeras grabaciones que permitieron que el cante dejara de depender exclusivamente de la transmisión oral y se grabaran en ese material.

Un viaje al origen del fonógrafo que tuvo el prólogo perfecto en la presentación de Juan Valderrama, encargado de situar al espectador en el contexto histórico. Contó cómo nació el proyecto junto a Luis Ybarra y cómo surgió la idea de llevar a Rancapino Chico hacia aquellos registros antiguos, a los que definió como «el Antiguo Testamento del Flamenco». Y apareció Alonso Núñez, vestido con chaqueta gris de espiga y corbata.

A partir de ahí, una suerte de arqueología de las voces antiguas, pero bañadas por su sensibilidad.

Las malagueñas de Chacón y mellizo, por su voz, más dulce y serena.

Antonio Higuero asumió el acompañamiento en las malagueñas, mientras Rafael Rodríguez apareció en las soleares y seguiriyas. El toque del guitarrista sevillano, de fuerte carácter rítmico, encontró una especial complicidad con Rancapino en las soleares, donde el cantaor se movió con comodidad por unos estilos especialmente ligados a su manera de entender el cante.

Entre cante y cante repetía una frase: «Estoy muy a gusto». Y el público no cesó de responderle. El ambiente era de fiesta.

El recorrido continuó hacia Cádiz con las alegrías de Aurelio Sellés, en una versión pasada por la personalidad del chiclanero. Para los cantes de fiesta se incorporaron los dos guitarristas, que después acompañaron los tangos de los tientos en su particular versión gaditana y los tangos festeros, con la Niña de los Peines como otra de las grandes referencias.

Las pizarras son también un archivo de nombres fundamentales del flamenco. Y aunque hoy podamos escucharlos gracias a aquellas grabaciones, por desgracia, existen ausencias imposibles. No ha llegado hasta nosotros ninguna grabación del Mellizo, pese a que se sabe que llegó a registrar su voz. Tampoco de Silverio. De ellos quedan, sobre todo, los testimonios de sus discípulos y de quienes recibieron directamente su saber.

Antes incluso de la pizarra existieron los cilindros de cera, otro escalón de una historia de grabaciones que fue fijando lo que hasta entonces solo podía conservarse en la memoria. 

En Pizarra era imposible no mirar atrás pero también Alonso mira hacia delante. Y llegaron las bulerías

Bailadas por Luis Peña, (cómplice de Alonso desde el inicio del recital con un»estamos contigo» que se coló por el micrófono) nos regaló un momento de especial intimidad. Su manera de moverse, contenida y elegante, acompañó unos cantes breves y sentimentales. Después, llegaron los fandangos, con su sello familiar de la que hace gala.

El recital terminó y el público pidió más y no le dejó ni bajar las escaleras,  Rancapino se dió la vuelta para regalar una zambra, (que hacía mucho tiempo no cantaba y pidió el tono) que puso el punto final a la noche.

La Pizarra que disfrutamos anoche es un aperitivo, un boceto, pinceladas de un disco para enamorarnos a todos.  Promesa de Rancapinco.


Sigue el resto de la programación de la Bienal hasta el 3 de octubre.

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