Anoche, bajo el cielo patrimonial del Real Alcázar, el Patio de la Montería vimos una grieta luminosa en la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Con las entradas agotadas en un suspiro, Israel Fernández nos llevó a sueño, interpretando De oro y marfil, una propuesta ecléctica que enreda lo puro con el aliento de lo contemporáneo. Te quedas o te vas, no hay término medio.
Quienes lo descubrimos desafiando etiquetas, ya fuera junto Lenny Kravitz en Icónica o al compás de las campañas siempre rompedoras de Cruzcampo para su 1904, sabíamos que su propuesta no busca complacer al canon. Él quiere mostrarnos quién es. Arropado de cuerdas, piano, percusiones y palmas, el cantaor desplegó su universo lleno de referentes del pasado para ser el cantaor del futuro. Pavón, Chacón o Camarón… al final es él.
Hubo duende sostenido por la guitarra absoluta de Diego del Morao, perfecto cómplice de la noche.
Nombrado, premiado y aclamado, Israel Fernández firmó en la Bienal no solo un rotundo sold out, sino la promesa eterna de un flamenco sin fronteras.
